La Resistencia del Sistema Análogo
En un colegio de San Luis Potosí, el archivo escolar no es una fuente de consulta, es un cementerio. Dos aulas de gran tamaño están dedicadas exclusivamente al resguardo de papeles: pilas que ascienden desde el suelo hasta donde alcanzan los brazos del encargado. Planeaciones, reportes e incidencias acumulándose en un desorden que hace imposible cualquier análisis histórico. El activo está ahí, pero es inútil.
En un colegio de San Luis Potosí, el archivo escolar no es una fuente de consulta, es un cementerio. Dos aulas de gran tamaño están dedicadas exclusivamente al resguardo de papeles: pilas que ascienden desde el suelo hasta donde alcanzan los brazos del encargado. Planeaciones, reportes e incidencias acumulándose en un desorden que hace imposible cualquier análisis histórico. El activo está ahí, pero es inútil.
El colegio ya había invertido en hardware: MacBook Air para directoras e iPads para cada profesor. Sin embargo, la tecnología se usaba como un juguete caro para ver videos. Caudan diseñó una arquitectura donde la planeación semanal y el seguimiento de alumnos eran 10 veces más fáciles de ejecutar. Un sistema donde la información fluía en tiempo real, eliminando el portafolio de papelería y devolviendo el enfoque a la pedagogía.
El proyecto murió en la oficina de la Dueña. La imagen era casi poética en su anacronismo: tres pilas de carpetas sobre el escritorio y un marcador rojo intenso en su mano derecha. Su argumento: “Esa no es mi forma de trabajar”.
La dueña prefería dedicar 30 minutos diarios por cada directora y jefe de área a revisar papeles físicamente, en lugar de contar con una métrica en tiempo real que le permitiera tomar decisiones estratégicas. Prefirió el objeto tangible desechable sobre el rendimiento histórico del equipo.


